#CristiánRiquelme, la #G90 y los ‘jaleros’ del poder

La noticia es que empresas ligadas al administrador de La Moneda facturaron más de 417 millones de pesos al fisco, lo que se suma a los 570 millones en propiedades originalmente omitidos en su declaración de patrimonio y a su cuestionado rol en el Caso Caval. Pero detrás está la historia de una generación, la G-90, que se convirtió en la nueva burguesía fiscal.

Cristián Riquelme  y Rodrigo Peñailillo

Un ex presidente socialista, que fue clave en la renovación de la colectividad, que ayudó a fundar el PPD pero que al momento del quiebre se quedó en el PS, percibió tempranamente que sus escuelas de formación política –auspiciadas por Lagos, Bitar, Vidal y Cía.– se habían transformado a mediados de los 90 más bien en cursos de capacitación donde se formaban los futuros jefes de gabinete de alguien. Ese fue el espacio donde estos muchachos hicieron su primera militancia, desprendidos ya del ethos del cambio social de los 60 o de la lucha contra la dictadura de los 80.

Riquelme es otro de esos personajes del Estado con los cuales estamos ya familiarizados en provincias desde que los parlamentarios destruyeron a sus partidos.

Es el pillo de provincia que como intendente presiona a sus seremis para orientar las licitaciones en un determinado sentido o que vota contra su comunidad, como acaba de ocurrir en O’Higgins, voto que resultó decisivo para instalar una nueva chanchera en la región pese a la oposición de toda la comuna; es el Seremi que se cambia de partido sin problemas y siempre siguiendo la orientación del parlamentario que lo puso; es el chico listo que rápidamente se compra una casa millonaria y que luego hace que sus arreglos, jardines e, incluso, inauguración, sean con cargo al presupuesto fiscal; es la gobernadora que con dinero público le amplía el jardín a su hermana o el gobernador que cobra el 25% por proyecto asignado; incluso el presidente del PS que es a la vez Core y funcionario gubernamental y que recibe un sueldo millonario por no fiscalizar al Gobierno, función para la que fue elegido.

Son los chicos disciplinados que escuchan y obedecen sin preguntar ni hacer objeciones. Casi todos formados en universidades de segunda, que jamás han escrito un paper ni se hicieron conocidos por defender alguna tesis política.

Por el contrario, en esas escuelas de formación, que pretendían llenar el vacío que dejó la destrucción de las colectividades políticas para copar con gente afín los cargos intermedios del Estado, aprendieron rápidamente de sus mentores que el fisco era un muy buen espacio para alcanzar una mejor vida. No solo por el sueldo que podían alcanzar –muy superior a cualquier otro que pudiesen lograr en el mundo privado, dada su experticia–, sino también, y esto era lo más prometedor, por la posibilidad de adjudicarse contratos millonarios con palos blancos entremedio. Entonces, se pusieron como locos a formar empresas de papel con nombres pomposos, pero al fin y al cabo bastante flaites, como Harold’s & Johns Business and Law, Greentec, Socoar o Spa. Total, el nombre daba lo mismo.

Y es que estos muchachos, respecto del Estado, son más totalitarios que el mismísimo Stalin: perciben, con mucho tino que, dado su nivel de competencias, así como una arraigada cultura transversal del pituto, es imposible tener éxito en otra parte. De allí su apego al papá fisco de esta sensata, astuta y provinciana pequeña burguesía.

Hace casi exactamente dos años habían alcanzado la cúspide de la gloria, saltando en un breve lapso desde el núcleo duro y anónimo de la campaña a puestos de primera responsabilidad en el Estado.

Bachelet, entre las dos opciones que tuvo para conformar su primer gabinete –uno de coalición y otro personalista–, optó por la segunda para comprometer al máximo la realización de las reformas ofrecidas pero, al mismo tiempo, asegurándose que, en caso de dificultades, pudiera desprenderse fácilmente del mismo sin pagar mayores costos.

Era la nueva burguesía fiscal, cuya postal representaba bastante bien la G-90, alma de la nueva generación de políticos que alcanzaba el poder y que, como lo dijimos anteriormente, “le encantaba vivir cerca del Presupuesto y lejos del frío” de la sociedad civil. Pasaron, en apenas una década, de estafetas, chaperones, damas de compañía, confidentes, hombres del maletín y “yes men”, a senadores, diputados, ministros, subsecretarios, intendentes y gobernadores.

Ocupaban, ahora puestos clave y relevantes en el Estado. Fue entonces cuando cambiaron de look, de amigos y, a veces, también de sastre. Sebastián Dávalos –identificado por edad y ethos pero no por simpatías con este grupo– obviaba las críticas por su designación y se defendía cuestionando lo chaqueteros que somos los chilenos. Por entonces, declaraba a revista Capital que “lo mío tiene mucho más de vocación y menos de ambición personal…”.

Con posterioridad, cerrarían su proceso de toma del poder al interior de la coalición instalándole algún jefe de gabinete a uno que otro despistado ministro, un intendente o gobernador afín y a cuanto Seremi y Jefe de Servicio les aguantaron.

Como sabemos, lo suyo no eran los papers ni las tesis sobresalientes al estilo Raúl Ampuero, Eugenio González o Ricardo Lagos, que les permitieran, como había sido costumbre en la izquierda chilena, lograr el reconocimiento de la elite progre, condición sine qua non para hacer luego una flamante carrera política. Lo suyo era más tangible y real: perfeccionar la tecnología del poder de Bitar, Vidal, Escalona, Letelier y otros, aprendida en piezas oscuras y elecciones internas donde ágilmente asimilaron de sus líderes que la democracia era una metáfora para ilusos, un juguete para el sesudo análisis en facultades universitarias de unos frustrados teóricos sin ningún acierto concreto. Constituyeron, entonces, cofradías con ritos de iniciación, pactos de sangre o de silencio, tal cual como sucedió con la G-90.

A su vez, también conocimos rápidamente a sus soldados, que ocupaban puestos intermedios, pues nos informaban en sus Facebook sobre sus actividades de finde: estadías en centros vacacionales, viajes al exterior y asistencia a megaeventos. A diferencia de las viejas generaciones de militantes que desde jóvenes hicieron trabajo social los fines de semana o en verano, costumbre que luego continuaron rutinariamente en el Estado, este nuevo grupo social no cargaba con ese lastre y esa loca vida. Ellos, por ningún motivo harían el servicio militar ni menos le dedicarían su vida a la revolución. Lo suyo era el buen pasar: bastaban un buen padrino y mucho dinero.

Link: http://goo.gl/UMzPsn

 

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